No hay nada peyorativo en el concepto “aldeanos”. No es epíteto ni reclamo. Y mucho menos, burla o sorna malintencionada. Es bueno precisarlo antes de desgranar los argumentos de este artículo que proviene de fuentes que tienen mas de 130 años de historia familiar trujillana. Mas aún lo de aldeanos es evocativo, nostálgico, emocionante. Nos retrotrae al pasado, al viejo hogar de la ciudad pequeña que ya se empinaba por los 40’s avizorando el progreso pero que vivía tranquila y como dijeron algunos, bello lugar para jubilados, para descansar y vivir los últimos años. Es hermoso recordarlo perola realidad ya es otra. Ese Trujillo se fue y para siempre.
En primer lugar tenemos la población. Hace 70 años nuestra ciudad tenía 40 mil habitantes, las calles eran empedradas, había 5 taxis conocidos estacionados en la Plaza de Armas y un choque de vehículos era menos frecuente que la muerte de un obispo, la ciudad terminaba muy cerca de la Municipalidad e ir a Buenos Aires era todo un viaje que había que hacer en los buses del viejo “Chalaco”, al norte estaba la grama de Mansiche y el campo de aterrizaje donde un día de un avión de Panagra descendió el famoso actor de Metro Goldwin Mayer, Tyron Power, por el sur era la Avenida Moche y por el Este se trazaba el futuro Jirón Unión siguiendo la ruta que nos llevaba al interior en dirección a Otuzco y Huamachuco. Eso era todo. Trujillo era pequeño y las costumbres eran propias de una población que las defendía porque era su signo de coexistencia.
Hoy Trujillo bordea el millón de habitantes y la fuerza comercial y urbana adquirida es motivo de comentario en el resto del país e incluso en el extranjero, la ciudad se transforma, se moderniza y adquiere la categoría de urbe cosmopolita. Los mas grandes Bancos Comerciales instalan sus oficinas en varias zonas buscando dar comodidad a sus miles de clientes. Se abren avenidas, se multiplican las áreas verdes y jardines y una flota se encarga de la limpieza pública mientras el vecindario adquiere protección con la policía municipal de seguridad ciudadana.
Pero, en medio de este panorama los trujillanos quieren ir en sus carros a bares y tiendas que están a 4 o 5 cuadras de distancia, exigen poder, como antaño, llevar a sus viejecitas a la Plaza de Armas y que la movilidad los deje en la misma puerta de la iglesia o del cine a donde se dirigen a rezar o a ver películas. No faltan los apurados que por vergüenza de ingresar a un establecimiento público prefieren agazaparse tras un poste o un vehículo y orinar en la vía pública o los que se premunen de comida callejera para tomarse unas cervezas o beberse un trago corto en cualquier calle del Centro Histórico.
No faltan los barrios donde los vecinos, por su cuenta y riesgo, cierran la calle con enormes piedras y convierten la vía pública en lugar de francachela o deporte y donde, por supuesto, como en el pasado, el fulbito se convierte tres horas mas tarde en “full vaso”. El pueblo sabe como divertirse y procura hacerlo como lo hacía hace 30 años pero tampoco podemos echarle mucho la culpa, si el mal ejemplo le viene de otros sectores mas altos.
¿No vemos, acaso, como los políticos convierten a la misma Plaza de Armas en lugar butifarra, trago y espectáculo como sucedía a mediados del siglo pasado ?. O acaso no nos damos cuenta de cómo las autoridades autorizan toda clase de actividades, que fuera del contexto que ya vive Trujillo, originan tremendos embotellamientos que alteran la vida y la economía de taxistas y particulares. Desfiles, procesiones, pasacalles y otros espectáculos se solazan realizándolos en pleno centro de la ciudad como si el reloj se hubiera detenido y a nadie le importe como se altera la vida de esta ciudad que quiere ser dinámica, pero también organizada.
Y es que el problema en el fondo es que los trujillanos, parece, quieren seguir siendo aldeanos y no se acostumbran a ver a su ciudad, tal como es ahora. Algo tenemos que hacer para educarlos.
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